14 Nov Ser trans, migrar y sobrevivir al proceso
Rusly Cachina pudo vivir su vida como quiso durante muchos años antes de transicionar, pero solo de puertas para adentro. En la calle y en el colegio tenía que seguir preformando y ser quien no era, le contaba en septiembre al Periódico de España. La activista ecuatoguineana sufrió mucho bullying en clase, palizas incluidas, y suspendía las asignaturas por tener “caligrafía de niña”, relata al medio.
En 2016, decidió hacer un mapeo de la zona en la que vivía en su país natal para ver cómo vivían las personas LGTBIQ+ y descubrió que todas residían en “lugares asquerosos” y sin acceso a medicación. “Cada semana enterrábamos a uno”, remarca y añade que llegó a ver “niñas trans de 12 años encadenadas en centros de sanación en los que les practicaban exorcismos y violaciones, les daban alucinógenos y las bañaban en sangre”.
Tres años después, tras conceder su primera entrevista como mujer, empezaron las amenazas y los compañeros le recomendaron abandonar Guinea Ecuatorial. Cachina, que fue a despedirse de su padre en una isla remota, pasó una semana en el interior de un barco porque su documentación no coincidía con su aspecto. “Amenazaron con desnudarme y torturarme para convertirme en un hombre hasta que dije que tenía contacto con las embajadas de EE. UU. y España. Conseguí escapar en un coche que me esperaba en el puerto y vine a España escoltada sin que mi familia lo supiera”, confesó al periodista Pablo Tello.
España no es de color de rosa
Al llegar a España las cosas no fueron mucho más fáciles. La protección internacional que solicitó tardó dos años en llegar. Mientras tanto, tuvo que buscarse la vida. Desde hacer trenzas en la playa a limpiar pisos por 20 euros. Incluso estuvo a punto de ser trabajadora sexual, aunque finalmente no lo hizo.
La activista denuncia que a la hora de personarse en una entrevista de trabajo han descartado su candidatura. Incluso en el médico ha tenido que defender su existencia. También habló de la imposibilidad de alquilar porque se asume que es trabajadora sexual.
Brenda Justiniano, una mujer trans migrante, sabe bien de lo que habla Cachina. Tiene un problema en la vista que probablemente le deje ciega, por lo que no puede trabajar, cuenta en una entrevista en 2023 al diario El País. Antes de perder la vista quiso transicionar, algo que llevaba años postergando. Al comenzar el proceso, se separó de su pareja y tuvo que vivir una temporada con su hermana, que “muy amablemente” le pidió que se marchase. A partir de ahí se vio abocada a la calle. Durante muchos meses vivió de amigos y de amigos de amigos. Llegó a irse al norte del país para quedarse con un desconocido y estuvo viviendo en su coche durante una semana.
En junio de hace dos años su trabajadora social le contó que la Fundación San Martín de Porres, la única en la Comunidad de Madrid que tiene un proyecto para personas en situación de calle con perspectiva LGTBIQ+, quería incluirla en el programa Hogar con Orgullo. También le informó de que había una lista de espera de tres meses.
La inclusión de las personas trans empeora
La mesa técnica de atención a personas LGTBI en riesgo de exclusión residencial de Madrid (Maper) empezó en 2022 a crear unos informes anuales sobre la situación de la ciudad. En aquel momento, no registraron ni una plaza de emergencia habitacional para personas del colectivo, dos años después sigue sin haberla, muestra el documento de 2024.
Además, el número de solicitudes ha aumentado. En 2023 se hicieron 759, el año pasado alcanzaron las 1.065. La mesa técnica eliminó las peticiones dobles y limpió los números para ver cuántas personas reales habían pedido apoyo residencial; 727 hace dos años y 979 en 2024.
Aunque los datos que ofrece Maper incluye a todas las letras del colectivo, los datos ayudan a crear una imagen sobre la situación a la que hacen frente las personas trans migrantes. Y es que el 87% de las solicitudes provino de personas no españolas. En un 85,5% de personas extracomunitarias y un 1,80% comunitarias. Además, el informe señala que el 58.5% se encuentran en una situación administrativa irregular, mientras que el año anterior el porcentaje era del 41,2.
La burocracia margina a las personas trans
En cuanto a identidad de género, los más afectados por el sinhogarismo siguen siendo los hombres gays. Aunque y como bien indicaba Justiniano, en 2023, el laberinto burocrático hace que muchas veces lo que se indica en el documento no concuerde con la realidad.
Los números muestran un descenso de solicitudes realizadas por mujeres trans, de un 14% en 2022 al 9,9% en 2024. Sin embargo, esto no indica que no tengan problemas a la hora de encontrar una vivienda. Igual o no han pasado por el proceso administrativo de cambiar el DNI o se están apoyando en amigos, como hizo Justiniano en su momento.
La realidad de ser trans y migrante en España es compleja. Cachina denuncia que la ley Trans ha dejado fuera “por desconocimiento” a las migrantes trans, a pesar de que “no llegaron ayer a España”. “Están aquí desde los 70 trabajando, en el polígono industrial, en la Castellana o en el Parque del Oeste con la Veneno. Y ahora una ley nos borra. Estas mujeres son compañeras para luchar, pero no para vivir bien”, criticaba en el Periódico de España hace unos meses.
