13 Nov Religión, migración y violencia de género: ¿cómo romper el silencio sin perder comunidad?
En muchas comunidades migrantes, la religión representa mucho más que un conjunto de creencias. Es un refugio espiritual, un espacio de pertenencia y una red de apoyo frente a la incertidumbre. Sin embargo, en algunos contextos, esa misma estructura puede convertirse en una barrera para hablar de la violencia de género.
Romper el silencio dentro de comunidades religiosas no solo implica enfrentarse al agresor. También conlleva toparse con el miedo de perder el sentido de comunidad, la fe o la aceptación social.
El peso de la comunidad religiosa
La comunidad religiosa, muchas veces, puede invisibilizar la violencia en nombre de la protección del grupo y del mantenimiento de la cohesión cultural. Existe una tendencia a idealizar las prácticas propias, lo que dificulta que las mujeres migrantes se atrevan a denunciar por miedo al rechazo, la estigmatización o la pérdida de apoyo. Las mujeres pueden sentirse obligadas a preservar la imagen positiva de su cultura y religión frente a una sociedad receptora que las percibe como vulnerables o problemáticas.
Pero, frente a la violencia de género el silencio, a largo plazo, no protege del sufrimiento: lo prolonga.
Además, la religión, la cultura y la tradición pueden amparar ciertas prácticas nocivas: la llamada violencia de género por causa de honor.
Violencia de género por causa de honor
La violencia de género por causa de honor es un tipo de violencia motivada por creencias tradicionales, culturales o religiosas que justifican o toleran el uso de la violencia para salvaguardar el “honor” familiar o comunitario. Este tipo de violencia se manifiesta a través de prácticas nocivas arraigadas en normas sociales que subordinan a las mujeres y legitiman el control masculino sobre la conducta femenina.
La violencia por causa de honor suele estar dirigida principalmente contra mujeres y niñas, aunque también puede afectar a hombres que desafían las normas tradicionales de género. Las prácticas incluyen desde restricciones de movilidad y control sobre la vida privada, hasta violencia física, mutilación genital femenina, matrimonios forzados e incluso asesinatos (conocidos como “crímenes de honor”).
Suele justificarse por la supuesta “necesidad” de restaurar la reputación familiar tras una conducta de la mujer percibida como vergonzosa, como relaciones fuera del matrimonio, elección de pareja, o negarse a matrimonios arreglados.
El papel positivo de las iglesias y comunidades religiosas
Las iglesias y comunidades religiosas también son capaces de adoptar funciones protectoras: muchas ofrecen apoyo social, emocional y espiritual ante la violencia de género, detectando casos vulnerables en los colegios y espacios comunitarios.
Algunas potencian redes de acogida y promueven la equidad de género como parte de su misión, favoreciendo la resiliencia y autoafirmación de las mujeres migrantes. Ello contribuye a romper el silencio sin perder la pertenencia religiosa, apoyando a las mujeres en el proceso de emancipación y denunciando las violencias, desde una intermediación que respeta su identidad, sin imponer la desvinculación total del grupo.
En Barcelona, por ejemplo, funciona la Asociación de mujeres paquistanies que ha apoyado a jóvenes víctimas de matrimonios forzados, respetando su pertenencia a la comunidad religiosa.
Claves para romper el silencio sin perder comunidad
- Potenciar espacios de apoyo con enfoque intercultural, como el proyecto Sabina de ONG Rescate. El acompañamiento a las mujeres migrantes que sufren violencia de género deber ser sensible a su cultura, religión y creencias, y también, a su tiempo.
- Formar redes de defensa y protección entre mujeres, que permitan compartir experiencias y generar confianza.
- Sensibilizar a líderes religiosos y comunitarios sobre la gravedad de la violencia de género y la necesidad de apoyar activamente a las víctimas, condenando la violencia en todas sus formas.
- Incorporar activamente a mujeres migrantes en el diseño y gestión de los servicios, para asegurar que sus voces sean escuchadas y sus necesidades específicas cubiertas.
Romper el silencio requiere transformar comunidades religiosas en espacios donde la mujer que denuncia se sienta segura, preservando el sentido de pertenencia y favoreciendo la reconstrucción de redes de apoyo que nutran y sostengan —no castiguen—a las víctimas.
El desafío es colectivo: líderes religiosos, organizaciones, gobiernos y ciudadanía debemos romper juntos el silencio, con respeto y empatía, para que cada mujer —sin importar su origen, creencia o religión— pueda vivir una vida libre de violencia.
