Migración, violencia de género y salud mental: un cóctel por atender

Migración, violencia de género y salud mental: un cóctel por atender

Cada vez son más las mujeres que emprenden un viaje migratorio en busca de seguridad, oportunidades o simplemente sobrevivir. Lo que muchas ignoran es que, durante ese trayecto, y luego en el país de llegada, enfrentan una triple vulnerabilidad: violencia de género, precariedad laboral y un constante deterioro de su salud mental. Comprender esta intersección es esencial para solidarizarnos y actuar como sociedad.

Migración: una salida no exenta de riesgos

Para muchas mujeres, huir de situaciones de violencia no es una elección, sino una necesidad para salvar sus vidas y las de sus hijos. Pero la migración puede ser solo el inicio de una nueva cadena de riesgos. Durante el tránsito migratorio, el peligro aumenta: la ONU advierte que “el riesgo de sufrir violencia de género aumenta durante la migración”, especialmente violencia sexual, física y desapariciones forzadas, debido a la falta de presencia institucional en las rutas y refugios provisionales.

Violencia de género: una amenaza persistente en el origen y el destino

La violencia machista no se detiene en la frontera. Una vez en el país de acogida, muchas mujeres migrantes siguen expuestas, incluso en situaciones de aparente refugio. En España, por ejemplo, se observa un patrón clave: cerca del 40 % de las mujeres migrantes no generan ingresos propios, y el 34 % no superaba los 600 € al mes, lo que las hace dependientes y expuestas a abusos económicos o laborales.

Además, la violencia de género se multiplica cuando hay barreras en el idioma, desconocimiento de sus derechos y trabas legales o administrativas: esto puede bloquear denuncias, dificultar el acceso a servicios y generar desconfianza en las instituciones. Quien migró buscando esperanza, muchas veces se encuentra atrapada en una trampa de abuso e invisibilidad.

Salud mental en casos extremos: el Síndrome de Ulises

El viaje no solo deja huellas físicas, sino profundas heridas psicológicas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), millones de personas refugiadas y migrantes tienen una mayor probabilidad de padecer depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático e incluso psicosis, y muchas enfrentan serias barreras para acceder a los servicios de salud mental.

Además, estudios muestran que entre un 9 % y un 26 % de las personas migrantes en Europa experimentan trastorno de estrés postraumático y hasta el 40 % presenta síntomas de depresión. La experiencia migratoria en sí misma aumenta la vulnerabilidad de sufrir problemas de salud mental y emocional. En el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V, Asociación Americana de Psiquiatría), la migración se contempla como un factor de riesgo ambiental para los trastornos de ansiedad y depresión.

Pero las personas que se enfrentan a estresores vitales de primera magnitud, es decir, aquellas cuyas condiciones familiares, materiales y legales son terriblemente adversas están más allá de estas clasificaciones, como advierte el psiquiatra Joseba Achotegui.

Achotegui ha descrito el Síndrome del Inmigrante con Estrés Crónico y Múltiple o Síndrome de Ulises, un cuadro de estrés crónico originado en situaciones extremas que superan las capacidades de adaptación de cualquier ser humano, caracterizado por tristeza profunda, ansiedad, fatiga, insomnio y somatización física.

“Podríamos decir que en el trastorno adaptativo el sujeto se toma sus problemas a  la tremenda y que en el Síndrome de Ulises  los problemas son tremendos y el sujeto se  los toma…pues como son”.

Un círculo que se retroalimenta: violencia, precariedad y sufrimiento psicológico

Estas tres dimensiones —migración por violencia, exposición continua a nuevos abusos y debilitamiento de la salud mental— conforman un círculo vicioso. La dependencia económica refuerza la violencia; la violencia deteriora la salud mental; y la salud mental frágil limita la capacidad de denunciar o buscar apoyo.

Se trata de una problemática compleja donde cada pieza refuerza a la otra. Por eso necesita una respuesta integral y solidaria.

¿Qué podemos hacer como sociedad?

  1. Visibilizar historias reales
    Narrativas como la de Ludwika, una mujer trans guatemalteca, a la que defender los derechos de las suyas y del resto del colectivo LGTBIQA+ casi le cuesta la vida, nos muestran que siempre hay espacio para la recuperación y la esperanza.
  2. Garantizar acceso a servicios especializados
    Es clave que España, y otros países de acogida, adopten un enfoque de género en su atención a migrantes, asegurando acceso sin discriminación al sistema de salud, la protección jurídica o la vivienda digna. Hay iniciativas como el modelo vasco que buscan atención descentralizada e inclusiva.
  3. Fomentar políticas públicas integrales
    Debemos demandar reformas que combinen protección contra la violencia de género, inclusión socioeconómica y servicios de salud mental culturalmente adaptados. Puestas en evidencia por la OMS, estas políticas deben priorizar recursos, garantizar formación con perspectiva de género y reducir barreras de acceso.
  4. Apoyar iniciativas comunitarias y del tercer sector
    Iniciativas como BastaDeViolencia de ONG Rescate buscan sensibilizar a la población local acerca de las violencias de género que enfrentan las mujeres migrantes y solicitantes de asilo en España. Tú eres fundamental para llevar el mensaje y combatir esta lacra que afecta actualmente a España. ¡Hazte voluntario!
  5. Combatir discursos xenófobos
    En un momento donde la migración se politiza como amenaza —como se ha visto en el debate público sobre menores migrantes o la polarización política— es urgente reforzar discursos basados en datos, derechos y humanidad. No hay evidencia de que haya un incremento en la criminalidad a causa de la migración; al contrario, los datos muestran lo contrario.

La intersección entre migración, violencia de género y salud mental no es una suma accidental, sino un círculo de vulnerabilidades acumuladas. Pero también puede ser la semilla de la solidaridad, el empoderamiento y la reconstrucción. Cada historia importa, cada persona cuenta y cada voz puede hacer la diferencia.

Desde #BastaDeViolencia, te invitamos a sumarte a esta causa: comparte información, participa en actividades, difunde las campañas, apoya con tu voluntariado o simplemente escucha de manera empática. Solo así construiremos una sociedad más justa, segura y compasiva.

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